Escribí en una libreta todas y cada una
de las promesas que me hiciste,
de las veces que nos enamoramos.
Y fue un privilegio recorrer tus estaciones,
avispar un faro,
compartir un hogar,
vivir en un sueño.
La prueba de que me quisiste
es que la luz no se apaga,
valerosa, cercana,
ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el mar.
Nunca sabré si los ojos cerrados
escondían una verdad
lista para el vacío
de algo demasiado real.
Nombré mil veces tus apodos
y repetí cien más los míos
por si se nos olvidaban.
Lancé al aire el miedo y me corrí
corriendo en direccion contraria.
A tu pelo lo enredé en mis baldosas
formando abstracto arte moderno.
Un susurro vino aquí cada noche
para contarme lo feliz que fui,
lo mal que estoy.
Saltábamos los charcos como niños
imprudentes,
como ranas mojadas en octubre.
La prueba de que te quise
es que te sigo queriendo,
aún sin el apego,
con todo lo vencido y lo deshecho.
Nunca sabré la verdad de los hechos
pero la mía me vale.
Me conformo con saber
quién no quiero volver a ser.
Puse mi cojín, mi olor y mi voz a tu propiedad.
Puse mi hígado y mi corazón a tu nombre.
Me desauciaste de todas mis paredes.
Y fue un gran alivio volver a un hogar sin techo;
quedarme sin nada.
Porque de la nada
se empieza de cero.